Docencia. Algunas salvedades a la Enseñanza en España

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De la estructuración y funcionamiento de la Enseñanza Secundaria podemos entrever ciertos defectos que perjudican al sistema educativo actual y que posiblemente tengan alguna culpa del fracaso escolar y el abandono temprano.
A los 14 o 15 años deben elegir un itinerario marcado para continuar sus estudios. Es una elección que tal vez se debería retrasar, como en Alemania, a los 17 años, cuando el alumno está más formado mentalmente y sus ideas se esclarecen a la hora de elegir su futuro educativo. El problema lo plantea el propio sistema educativo que no te permite retroceder en tus decisiones, teniendo que elegir después en estudios superiores universitarios. Debido a este problema, nos encontramos con alumnos desmotivados en clases que no despiertan en ellos cualquier tipo de interés y que tan solo desean que el tiempo pase lo antes posible. Pero encontramos a otro tipo de alumno, que accediendo a la universidad y si eligiendo esta vez aquello que desea estudiar, le cuesta demasiado superar el primer año de carrera ya que no posee la base necesaria.
Aunque no lo he mencionado, si cabe destacar que para superar el nivel de ESO no se podrá suspender más de tres asignaturas. Basándonos en la normativa, es lógico que un alumno que no supere los objetivos no pueda acceder a estudios superiores. Pero la experiencia demuestra que es un planteamiento erróneo, ya que castigamos sus errores y no premiamos sus aciertos. Les retrasamos un curso admitiéndoles en aulas donde los compañeros son menores y aquello que se explica es lo mismo que el año anterior. Les estamos avocando al abandono prematuro o el absentismo, y nuestra labor docente no resultará del todo efectiva. A la vez, en ocasiones, suelen ser agrupados en una misma clase convirtiéndose en foco de problemas y retrasos en ola labor docente.
Hemos hablado de la programación como elemento necesario para llevar una correcta, ordenada y secuenciada enseñanza. Pero en el trasfondo de los mismos reside cierta inflexibilidad de cara a posibles modificaciones durante el curso. Cualquiera que haya viajado y haya planificado el viaje, existe un porcentaje alto de probabilidades que tenga que modificar una ruta o una parada. Para la docencia ocurre lo mismo. El sistema educativo no te permite demasiadas “paradas en el camino” para deleitarse en ciertos temas o aspectos que uno cree más importantes, ya sea por que no han sido asimilados de forma correcta por el alumno o que la actualidad mundial requiere su atención. Cuantas alusiones a escritores actuales han quedado en el olvido o cuantas películas de corte histórico se han tenido que dejar para el fin de semana, sin poder ser analizadas por la “esclavitud” de la programación. No hablo de coger y dejar la programación al antojo del docente, sino de introducir cambios improvistos y al uso, sin el miedo de ser objeto de inspección.
Tal vez una de las causas de esa rigidez en seguir la programación oficial pueda tener cierta culpa de los métodos educativos poco participativos de algunos docentes. Cuando me refiero a culpa no lo hago por justificarla, sino para denunciarla. No existe motivo aparente para mantener antiguos métodos docentes en los que el alumno toma notas sin parar y escucha de forma callada a la clase magistral del profesor sin poder participar o poder expresar su opinión contraria a alguna idea expuesta.
Profesores que no entienden que frente a ellos se sientan personas con inquietudes y necesidades educativas que van más allá del mero recitado del tema. Esos alumnos necesitan que sean removidas sus conciencias y les saquen del letargo a los que a veces se les somete. El docente tiene las herramientas necesarias para cambiar la actitud pasiva del alumno en favor de una actitud que les favorezca el aprendizaje de la materia de forma más eficaz.
Pero la docencia siempre es difícil y en los últimos años se ha complicado más con la llegada de alumnos extranjeros o de otras etnias. El problema no son ellos, al contrario, aportan una riqueza y una oportunidad de aprendizaje única para la clase; el problema es del sistema educativo. En la mayoría de las veces se atiende a la edad del alumno para encuadrarlo en el nivel que le corresponde, sin saber realmente el nivel de conocimientos que posee, para saber si ha sido incluido en el curso correcto o el nivel de conocimiento de la lengua nacional en la que reside ahora. Existen ciertos programas de integración, pero no los suficientes para una realidad cada vez más alarmante. El alumno no se encuentra integrado, por lo que su formación se ve retrasada y el profesor, debiendo atender a otros 29 alumnos, no puede responder de forma correcta a sus necesidades de inclusión.
Y no son exageraciones, pues las cifras corroboran los hechos. El destino de estos alumnos es la educación pública, desplazando a los alumnos de clases medias al colegio privado o concertado. El número de alumnos “desplazados” aumenta cada año, al igual que las ayudas del gobierno a los centros concertados. Este error del sistema educativo puede llevarnos a la creación de guetos.

Propuestas de cambio.
No hay mejor remedio para los problemas que el de pensar que siempre tienen una solución. Y así sucede con los anteriormente señalados.
Un alumno tiene el derecho de elección pero es proporcional a su derecho de elegir bien. Si el alumno no se siente preparado para discernir que estudios se adaptan más a sus futuras necesidades educativas deberíamos permitirle una elección más tardía para que sopese sus virtudes y no cometa errores que después no podrá solucionar de forma satisfactoria. La elección podría llegar incluso al último curso de Bachillerato, un curso preparatorio para la PAU y puerta para la elección de unos estudios superiores o profesionales.
Cuando un alumno suspender más de tres asignaturas puede deberse a otros factores externos a el mismo o internos pero ajenos al aprendizaje. Debemos estudiar en que ha mejorado, para fortalecerle esos aspectos y donde no ha llegado, para ayudarle a superar esas barreras, pero todo ello en los siguientes cursos. No olvidemos que repetir también supone un esfuerzo mental para el alumno que hace frente al fracaso y a la vergüenza que siente. No son máquinas, son personas.
Vuelvo a reiterar que la programación es el “vade mecum” de cualquier docente y su elaboración ha de ser fundamentada y ordenada. Pero si la administración nos ayudara a adaptar cualquier programación a un momento concreto y no nos sancionara por no llevarla a rajatabla, podríamos atender a muchos problemas que se dan en el aula de forma cotidiana. Deben ser maleables hasta el punto de permitir cierta libertad de incluso cambiar los contenidos o redirigirlos para conseguir un fin concreto. No suena descabellado pensar que las programaciones podrían formarse conjuntamente con los alumnos, partiendo de una base esencial de objetivos, pero haciéndoles partícipes de su propia docencia.
Una programación flexible nos permite una metodología más participativa, con seminarios para los temas más universales, como la guerra o la gramática, y un feedback profesor-alumno más fluido y necesario para la enseñanza. Las viejas metodologías de “profesor trovador” deben ir desapareciendo de las aulas y entender que el mundo en el que se ve inmerso el alumno no le es ajeno y participa de el, es por eso que el educador debe atender a esta situación e interactuar con el para poder utilizarlo de manera practica en su docencia. Porque no estudiar el arte a través de grafitis. Pero la responsabilidad del educador no acaba en crear ambientes propicios para la mejor enseñanza, continua con su formación en estas metodologías para reciclar su sistema si lo cree necesario.
La apertura a nuevas metodologías podría afectar de manera positiva a estudiantes con necesidades especiales o de inclusión. Pero los problemas de inadaptabilidad deben de solucionarse desde el establecimiento de adaptaciones curriculares o programas diversificados. Una posible solución radica en incluir al alumno en programas alternativos y paralelos al oficial que atiendan sus necesidades más inmediatas para que pueda mantener el ritmo de la clase y no verse retrasado, dificultando su inclusión.
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