Conjunto espistolar del Cardenal Belluga

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Retrato anónimo del Cardenal Belluga

Introducción.

El Cardenal Luis Belluga se convierte con la llegada de los Borbones al trono Español en una de las figuras más importantes e interesantes de este siglo XVIII.
Soldado de Dios y del Rey, durante la guerra de sucesión, van a acontecerle una serie de enfrentamientos tanto militares como eclesiásticos cada fin último se podrían unificar en uno solo, la defensa de la religión Católica.
La habilidad que demuestra en el campo de batalla como en la dirección de su Diócesis tan solo es tangible leyendo y analizando su conjunto epistolar de este periodo.
Nos va a mostrar un hombre muy versado en temas militares, religiosos y económicos, de una gran inteligencia y capacidad diplomática para los asuntos de difícil resolución.
Aunque con una variada temática, las cartas de corte militar y las de asuntos que tengan que ver con la dirección de su congregación son las que más nos muestran su profundo conocimiento de los temas a tratar y su profunda devoción.
En las misivas militares, tanto para acciones de guerra como petición de hombres o alimentos, se destapa como un primordial estratega, que no deja nada al azar y que piensa en todas las consecuencias, como el alimento de sus tropas o lo perjudicial que puede llegar a ser su presencia en una ciudad.
Con las cartas acerca de las relaciones con su Cabildo o su congregación, el trato afable y respetuoso se tornará, si así lo necesitara, en contundente e inapelable en la defensa de sus ventajas episcopales. En ellas demuestra grandes conocimientos de teología y derecho canónico, demostrando ser un hombre ilustrado.
El resto de la cartas también se consideran dignas de estudiar pues podemos observar su capacidad de ordenar el acopio de alimentos para enfrentarse a las hambrunas, con cifras exactas, o de solicitar venias para obras públicas.
En ellas también conocemos lo que podría ser lógico en una persona tan enérgica y emprendedora, y es que su salud se vio afectada. Pues era tanto lo que abarcaba que incluso escribió mandatos acerca de los excesos en el vestir de sus parroquianos.
En mi estudio he dividido la búsqueda y su definición, del análisis del conjunto epistolar. Así podremos conocer como llegar a las fuentes para después analizar el conflicto religioso al que tuvo que enfrentarse.
Felipe V
3.Análisis estructural.
Previo a la invocación, las cartas creadas durante el siglo XVIII, eran en hojas plegadas, con una inicial en blanco y en la primera, previo al inicio del texto, un pequeño resumen sobre el asunto, con la fecha de redacción y las identidades de las dos partes importantes de la misiva, el emisor y el receptor.
3.1.Protocolo.
En el conjunto de la correspondencia analizada entre 1700 y 1716, suele repetirse varias fórmulas de invocación. La más repetida es “Viua Jesús”, seguida casi siempre de “Ilustrisimo Señor” o “Muy Ilustre Señor”. Esta forma directa en la exhortación de la figura de Cristo podría pasar desapercibida pues es un Obispo quién las redacta, pero no debemos olvidar su posicionamiento al lado de Felipe V en la contienda contra la causa del Archiduque, aliado con los herejes que deben ser derrotados en “Guerra Santa”. Después está guerra la trasladará a su enfrentamiento con las pretensiones de los Regalistas, los mismos que deseaban y pretendían imponer los derechos de la corona, la de Felipe V, sobre la iglesia (Torgano Abajo, A. 2001).
El regalismo no es nuevo en España, ni tampoco las pretensiones del poder político sobre la iglesia. Desde los Austrias, la corona ha intentado prevalecer su derecho sobre las órdenes de Roma, con mayor o menor éxito. Elección de obispos, control de tierras y rentas, son algunos de los objetivos de la corona frente al papado. Aunque realmente, salvo excepciones, no desean el control espiritual, sino el económico, convirtiéndose la iglesia en objetivo para sufragar las numerosas guerras en las que se verá inmersa los Borbones. No olvidemos que los reyes son cristianos y “defensores” de la fe, aunque siempre les incomodará que sobre su corona exista una Mitra.
La formula de “Ilustrísimo Señor” va dirigida, en su mayoría, al Cabildo de Cartagena. En una misma frase, tan sencilla, ya encontramos rasgos del carácter respetuoso y afable que llegó a sobresalir en Belluga. Otras tantas se dirige a la ciudad de Murcia y en contadas ocasiones a algunos personajes determinados, como a Don Baltasar de Medina Cachón, Jerónimo Zarandona o Don Francisco Maldonado. Cabe destacar una carta enviada a toda la Diócesis, y la fórmula lo merecía, ya que comunicaba la concesión de una bula de 1704 otorgada por parte de Clemente XI.
También varia la forma de llamar la atención de su destinatario en su notificación. “Doi/Pongo noticia a vuestra Señoría”, “Para que vuestra Señoría”, son las fórmulas generales de hacerlo; luego las variaciones dependerán del destinatario al que se dirigirá con un “Señor mío” o “Reverendísimo Padre”1.
Del análisis de la invocación y notificación apreciamos que en ciertos documentos, de carácter grave, son muy escuetas para pasar a exponer los hechos directamente, e incluso en algunos casos no existe.
[…] Viua Jesús—Illustrisimo Señor. La turbación en que se halla el Reyno de Valencia[…]2.
[…]Hauiendo hecho consejo de guerra esta mañana con los cabos y oficiales[…]3.
La intitulación o firma del autor suele incluirse al final del documento, junto con el destinatario del mismo, aunque existen salvedades y no menos interesantes, pues en la famosa bula, la intitulación también la repite al comienzo del texto.
[…]Don Luis Belluga, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Cartagena, del Consejo de su majestad, etc.[…].4
3.2.Cuerpo Documental: exposición y resolución de los hechos.
Nos atenemos a un variado conjunto de hechos expuestos en la colección epistolar de este margen cronológico. Podemos destacar tres grupos generales. Los documentos de carácter bélico, centrados en la guerra de sucesión y sus consecuencias; documentos de carácter político, en relación con el Cabildo de Cartagena, la Ciudad de Murcia o Lorca, obras públicas; documentos de carácter religioso, donde se expresa para el gobierno de su diócesis o para la beneficencia; y un último grupo, donde podríamos incluir cartas sobre asuntos económicos y estéticos.
El conjunto epistolar referente a hechos de guerra data hasta la fecha de 1710 y perfilan perfectamente la valiosa e importante implicación directa del Obispo en las confrontaciones militares.
[…]estamos en precission y obligación los eclesiásticos de ayudar en quanto nuestras fuerzas alcanzen[…]5
Es indiscutible, durante el primer periodo de la guerra que el papel protagonista lo tuvo la iglesia, y no solo en Belluga, trambién en Obispados cómo el de Orihuela; y no es para menos, ya que era una guerra llevada al punto de lo “sagrado” contra los protestantes. Como hemos comentado, el Archiduque era cristiano y contaba con el apoyo de parte del clero nacional. Felipe v, por su parte era ilustrado y de tendencia regalistas declaradas, aunque le apoyarían un mayor número de sacerdotes, parroquias y los Jesuitas. Entonces, si el Borbón se oponía a la iglesia tradicional, ¿cómo obtuvo tanto apoyo por parte del clero español?.
Los problemas surgieron cuando entre las filas del Archiduque se encontraban Ingleses, Holandeses y hugonotes Franceses. Estos saquearon iglesias, quemaron imágenes sagradas y alentaron la sublevación y el desorden, provocando el disgusto de los locales y decantándolos por la causa del rey francés. Las Milicias concejiles y Migueletes causaron mas daños que socorro, dedicándose al pillaje. En una de sus cartas, el Obispo advierte sobre la plata de la Parroquia al Dean de Cartagena tras los conflictos de Valencia y sus inicios en Villena.
[…]pues ayer me despacharon propio para que diese licencia para sacar la plata de la Parrochial de Santtiago[…].6
La temática de sus cartas conjuga más con la de un general del ejercito que la de un clérigo en apuros. En su guerra contra el infiel, acercándose más a la época medieval que a los tiempos modernos en los que se sucedía, llegó a comandar tres tropas del Marquesado de Villena y Almansa (Vilar, J.B. 2001) y para participar en la batalla de Alicante llegó a dirigir dos batallones de 4.000 hombres. Y es en eso en lo que se centrará, en la solicitud de fuerzas para luchar. En 1706, el 23 de Febrero, escribe al Deán de Cartagena pidiéndole, que por necesidades económicas reclutará 5.000 hombres y 600 caballos, utilizando la venia Real para valerse “de los lugares en todo aquello que pudiere ayudar esta necesidad lo haga”.7
Por su fuerte carácter y determinación llega incluso a quejarse del abandono sufrido en algunas ocasiones por el rey, el cual no escucha sus suplicas para la entrega de hombres. Pero esto no fue impedimento para tomar la iniciativa y solicitar milicianos por donde pasa o cobijo apropiado para sus oficiales “que no reziven sueldo bastante a poderse mantener, y cubierto, a lo menos”8.
La guerra de sucesión es una traspolación del personaje que también trataba otros asuntos con el mismo orden y meticulosidad, sin obviarlos, y enfrentándose a ellos desde su “devoción divina”, con la que mandará a hombres de confianza a cuidar las fronteras de Murcia o solventar las numerosas deserciones que se sucedían, como la de Diego de Alburquerque.
Su asuntos de guerra tendrá que alternarlos con los suyos propios, causándole no pocos quebraderos de cabeza y problemas de salud.
En un segundo grupo de cartas, las de corte político y religioso, podríamos ver su otro enfrentamiento importante durante la guerra: la lucha contra los regalistas.
La llegada de Felipe V a la corte Española trajo consigo los nuevos pensamientos de la ilustración, siendo las regalías la parte doctrinal del absolutismo donde se entrevé un enfrentamiento de la monarquía contra pontificado.
El pensamiento regalista, y sus intenciones, se orienta hacia la predominación del poder real, que es “eterno y divino”, sobre el eclesiástico, rechazando su inmunidad y privilegios fiscales o económicos. No es una ruptura de fe, pues los regalistas mas acérrimos son párrocos, prelados, obispos, como el Obispo Solis, y por supuesto también laicos, pero fieles devotos, como el fiscal Melchor de Macanaz. Se trata mas bien de una ruptura con las estructuras tradicionales, en las que el Papa se subordine al poder racional de la corte.
En una de sus cartas de 1707, dirigida a los Señores de la Ciudad de Murcia, el Obispo Belluga recrimina la oposición al uso de la silla Pontifical, recordando que “como por de fe que ciudad ninguna de España ha dudado de la silla” y que si su obstinación continuara “será preciso ocurrir a Su Majestad”9.
Nuestro protagonista empieza a experimentar los primeros problemas sobre las tradiciones religiosas o sobre sus privilegios. Esto no es nada nuevo, la iglesia ha tenido que luchar siempre para que el poder laico no prevalezca sobre el suyo, el divino.
Los problemas se agravan cuando este nuevo sentir regalista proveniente de Francia, es enarbolada por un sector de la iglesia, que con el Obispo Solis a la cabeza, defiende una jurisdicción episcopal directa de Cristo, y no de Roma, la cual solo se preocupa en acumular obispados, vender bulas, etc. También son Jesuitas y un sector de la Inquisición, la cual no se escapó de esa división. Existió una inquisición en la Corona de Aragón y otra en la de Castilla, formada por regalistas y ultramontanos o tradicionalistas. Aunque los primeros consiguieran ciertas aspiraciones ya antiguas, como elegir inquisidores catalanes y sermones en lengua catalana, no pudieron ejercer de forma directa ya que no fueron nombrados inquisidores locales.
La reacción antiregalista es obvia, contra el absolutismo de los borbones y a favor de la subordinación de la corona al Papa, el cual está en un estado superior al político, el orden espiritual. Belluga, estudioso de San Agustín, no niega los defectos de la curia romana, pero se opone a esta ruptura del orden sagrado y natural, y como defensor de Felipe V, le aconseja que el rey no es quien deba cambiar dichos defectos, y le recomienda obediencia a la misma como señal de grandeza.
En efecto, le recomienda que no se inmiscuya en asuntos eclesiásticos, ya que la intención del mismo pasa por incluso cambiar los sermones de los párrocos. Y es aquí, en sus cartas, donde Belluga demuestra una vez más su determinación en la defensa de la iglesia como el la conoce y de sus párrocos, a los que debe proteger. En una carta dirigida al Cabildo de Cartagena en 1708 defiende al padre Garzo de sus excesos contra él en uno de sus sermones. En la misiva, el Obispo ve en las disculpas del párroco suficiente castigo como para poder celebrar misa en el día de Dolores de María Santísima, pues “estamos empeñados para desenojar a Dios, y en día de gozo tan especial para esta ciudad […] se hiziera sin duda mas graue y digna de el enojo de Dios”. Termina justificando el sermón, pues aunque sea grave el exceso de predicación, no hace otra cosa que basarse en la doctrina.
Durante estos primeros años, tanto Belluga como otros, se deben defender frente a las reivindicaciones de los poderes episcopales, las cuales ponen en peligro la unión de la Iglesia. No permiten que la inmunidad de la iglesia se vea afectada, ni tampoco sus privilegios, rechazando con total “fe” los intentos de secularizar la elección de Obispos, prelados, etc. por parte de los reyes.
Pero el ejemplo más claro e interesante que podemos observar en sus cartas de este enfrentamiento dentro de la iglesia se sucede el 1 de Mayo de 1707, dos años antes de la ruptura de relaciones con la Santa sede por parte de Felipe V. Su misiva, enviada al Dean y Cabildo de Cartagena, comienza con una exposición de los hechos muy amplia, en la que llega incluso a hacer referencias a otros casos similares, como si creara “jurisprudencia”. Su fin no es otro que el de exponer sus hechos para que no existan problemas a la hora de celebrar una procesión, prometida por el mismo Belluga a la ciudad de Murcia, en conmemoración de la “gloriosa victoria de los enemigos de nuestra religión y su corona”. El tono empleado durante toda la misiva es de reproche y censura hacia el Cabildo y en la defensa de sus posturas llega a ser duro con su interlocutor, pues el obispo extraña “muchísimo el que por cabildo procure siempre en todas las cosas cerrar la puerta a quanto mira al decoro y respeto de la Dignidad”.
La chispa que enciende el fuego comienza cuando el Cabildo, con la intención de dirigir la procesión o no celebrarla, cita al resto de las parroquias y comunidades para ello, acordando con anterioridad que fuese Belluga quien lo hiciera. A partir de ese momento le aflige, al igual que en la guerra, un “bombardeo” de criticas y reproches, encaminados a defender su jurisdicción, su divino mandato y la inexperiencia del Cabildo pues, según el Obispo, “debere yo persuadirme no tiene Vuestra Señoría estta practica”.
El obispo está enojado, muy enojado, tanto que no “es este tiempo para enttrarnos en controuersias inútiles”. Y es en la disposición de lo que ha de hacerse, casi terminando, cuando Belluga entiende que frente a este tipo de comportamientos solo le cabe la oposición directa y enérgica, pues en su deseo de la paz, afirma, esta no podrá llegar si la dignidad sigue siendo cercenada.
En efecto, Felipe V no se imaginaba que en la España Católica encontraría a opositores directos a sus pretensiones, y menos de la talla del Obispo.
Y en 1709 la ruptura con Roma se hace efectiva. Las causas oficiales son debidas al apoyo y reconocimiento que el Papa Clemente XI hace del Archiduque como legítimo heredero al trono Español. Las extraoficiales vendrían dadas por los actos del rey, el cual, y tras expulsar al nuncio papal Zondadani, cierra la actividad de la nunciatura y el tribunal, prohibiendo enviar a Roma cualquier cantidad de dinero a todos los obispos, y en sus intenciones regalistas, les ordena que recobren las potestades y atribuciones previstas para tiempos de incomunicación con el Vaticano; en una palabra, más independencia bajo su poder.
Belluga, consciente de la gravedad de los acontecimientos, intenta entrevistarse con el Rey, pero sin éxito, gracias a la oposición de Macanaz (Gaite, M. Pag.192-193). Es el momento de Robinet, confesor del Rey, el obispo Solis, el cual defendía el eje concilio-obispos-rey, sacando de la ecuación al papado y de Melchor de Macanaz, que intentará someter a la inquisición y los hospitales bajo la corona. Son ahora los principales escollos del Obispo Belluga en su relación con el Rey, de admiración y fidelidad en el pasado.
Un año después, en Julio, en una carta dirigida a la Ciudad de Murcia, observamos que sus problemas con el Cabildo han llegado muy lejos, hasta el punto de romper relaciones cordiales con el. Es posible que note la presión regalista sobre él y tenga que defender sus posturas de forma radical.
En su exposición, hace referencia a anteriores litigios con su Cabildo, los cuales fueron resueltos de forma cordial, pero que durante este año ha sucedido todo lo contrario “llegado a vulnerar en tanto que no solo no logro con ella la paz que deseaba [..,.] sino que se ha hecho ocasión de una continua discordia”10; y continua declarando que contraviniendo lo que es digno ha realizado aquello que le ha sido “favorable a su práctica” o intereses.
Es tal su enojo que no ve un atisbo de concordia pues el ya ha callado y cedido todo lo posible hasta el punto de acabar por “perder la dignidad todos sus derechos”. Siente un cierto desasosiego al tener que defender en la justicia cualquier afrenta, viviendo en una continua guerra y no lograr la deseada paz. A continuación menciona el número de faltas, más de 20, que el Cabildo ha realizado, destacando dos que a su entender son gravísimas. Estas se centran en el mal uso de los graneros de Lorca, que con anterioridad había dado instrucciones para apaliar la carestía de grano en la zona y así evitar hambrunas11, ha hecho el Cabildo. Termina solicitando que entiendan y vean por justa su petición observando que en poco le ha estimado su Cabildo lo que fue ordenado.
Y hasta este punto llega los enfrentamientos dentro de la iglesia, hasta la desobediencia y la oposición directa a aquellos que todavía apoyan a la santa sede.
En un tercer grupo de misivas, las que atienden a asuntos de la diócesis, se distingue el comunicado emitido por Belluga acerca de la Bula otorgada por Clemente XI, por la cual se absolvían de cualquier censura oculta en que hayan podido incurrir, a los habitantes de la diócesis de Murcia, tras unas malas cosechas, sequías y los estragos de la guerra. A la vez explica las formas y maneras de absolución de las mismas, indicando las personas que pueden llevarla a cabo12.
También de este grupo es la emitida para la creación de montes de piedad en la ciudad de Murcia. En los vecindarios que puedan instaurarse se deberán de erigir los mismos con la ayuda de los vecinos de 2.500 fanegas de trigo y cebada. Además, el Obispo aporta 300 fanegas de trigo y 200 de cebada, a lo que incluye diezmos y diez novemos de su Majestad.
Pero este grupo, como el referido a asuntos económicos, no nos muestran indicios acerca de disputas religiosas o problemas de disciplina, como así lo indican las anteriores.
3.3.Escatocolo.
El autor repite la misma formula en casi todos sus documentos, y tras siempre desear salud y larga vida, indica el lugar y la fecha en la que los escribe. A continuación valida el documento con su nombre y cargo de Obispo, seguido del destinatario.
Obispado de Murcia
4.Conclusión.
Durante el primer cuarto del siglo XVIII Belluga tendrá que seguir enfrentándose a la influencia de Macanaz y Solis en la corte, mientras dure el conflicto con el papado. Frente a lo que se podría pensar en una disensión en la doctrina de la religión, la división dentro de la iglesia, y fuera del campo de batalla, se encamina más a desavenencias frente al papado de carácter económico y jurisdiccional. Felipe V y los regalistas se negaban a enviar más dinero a Roma y para ello debían modificar la estructura de la iglesia Española que la supeditaba al mandato del Papa. Las guerras de Francia se extendían más allá de la Península, y los problemas económicos eran obvios, pues poseer el mejor ejército del mundo resultaba caro. Recibir todas las rentas posibles de la iglesia española era primordial, si más aún se conocen los numerosos bienes y rentas que posee gracias al catastro de la Ensenada.
Pero reyes que han intentado influir sobre la iglesia ha habido siempre y en contadas ocasiones han roto sus relaciones con Roma. La reacción de Felipe V parece desmesurada e inducida por un grupo de personas que forman una nueva mesocracia burocrática que desean desbancar a la antigua anquilosada aristocracia.
La situación de tensión no podría durar eternamente y Felipe V sabía que como rey legítimo necesitaba la aprobación moral del representante de dios en la tierra. En 1717 se firma el concordato, mediante el cual, la situación jurídica de la nunciatura vuelve al momento anterior al Borbón, con sus privilegios; mientras la corona recibirá 150.000 ducados anuales de rentas eclesiásticas durante cinco años.
Las relaciones con Roma se habían recuperado y el Obispo Belluga volvía a posicionarse como figura importante en la corte, provocando la expulsión de Macanaz y Robinet. Se convertirá en un antiregalista importante que se enfrentará, entre otros, a los Jesuitas, con ayuda de la inquisición.
En un futuro será nombrado Cardenal por Roma en agradecimiento por su posición enérgica y clara frente a las nuevas corrientes religiosas con las que tuvo que pugnar. En el campo de batalla, luchar contra los herejes era una misión de fe, pero enfrentarse con su Cabildo o defender a sus párrocos más fieles a la causa de Roma, le exigía otro tipo de “guerra” con otros medios. Por sus cartas podemos observar su deseo más acérrimo de no soliviantar a cualquier parte de este conflicto, pero sus convicciones eran claras y en ocasiones no podía permitir dejar de denunciar lo que el entendía por abusos y atropellos. 
 
1 Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R.:Epistolario del Cardenal Belluga, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1962. Pag.4-56.
2 Belluga, L.: “Dando noticias de los movimientos producidos en reino de Valencia contra Felipe V y dando instrucciones para evitar se propaguen al reino de Murcia” en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, Epistolario del Cardenal Belluga, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1962 R. Pag. 5.
3 Belluga, L.: “Notificando la conveniencia de hacer mil fanegas de trigo en bizcocho para suplir la posible falta de pan en caso de que los enemigos atacasen la ciudad”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 20.
4 Belluga, L: “Comunicando la bula otorgada por Clemente XI, de fecha 12-VII-1704, por la que le daba facultad para absolver a todos los moradores de la Diócesis de cualquier censura oculta en que hubiesen podido incurrir e ignorasen; y dando instrucciones para la absolución general”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 40.
5 Belluga, L: “Dando noticias de los movimientos producidos en reino de Valencia contra Felipe V y dando instrucciones para evitar se propaguen al reino de Murcia”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 5.
6 Idem.
7 Belluga, L: “Pidiendo le ayuden todo lo posible para el mantenimiento de cinco mil hombres y seiscientos caballos que ha de reunir para las necesidades”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 9.
8 Belluga, L: “Señalando la conveniencia y obligación moral que tenía la ciudad de proporcionar alojamiento a los oficiales de Caballeria e Infantería que estaban en ella”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 19.
9 Belluga, L: “Enviando una copia del cuaderno que tenía el Arcediano de Lorca, en el que se deduce que el Obispo puede llevar silla caundo va de Pontifical”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 25.
10 Belluga, L: “Comunicando que ha rescindido la concordia que hizo con el Cabildo el año anterior debido a que este no la guarda coo está obligado”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 44.
11 Belluga, L: “Comunicando las medidas que se deben tomar para evitar la carestía de trigo, y que por provisión del Consejo Real se ha prohibido la saca de trigo por mar y tierra”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 32.
12 Belluga, L: “Comunicando la bula otorgada por Clemente XI, de fecha 12-VII-1704, por lo que le daba facultad para absolver a todos los moradores de la Diócesis de cualquier censura oculta en que hubiesen podido incurrir e ignorasen; y dando instrucciones para la absolución general”, en Torres Fontes, J./Bosque Carceller, R. Pag. 40.
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