Uno de los nuestros.

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En ciertas ocasiones, un maestro o profesor, debe guiarse por su instinto, por lo que le dicte la cordura de sus sentimientos, con el fin de actuar por el bien del grupo. Para entenderlo mejor, traigo una experiencia personal de mis días como profesor de apoyo con niños en riesgo de exclusión.

Aquella tarde íbamos a trabajar en las tareas que esa misma mañana habían mandado los distintos maestros. Yo me quedé ayudando a la tutora de un grupo de alumnos. En los primeros minutos, la maestra me comentó que debía ausentarse un buen rato para realizar tareas en la biblioteca. “Tranquila. Yo me quedo con ellos” fue mi respuesta para rescatarla esa tarde.

La clase empezó mal. Había un alumna que no tenía tareas (eso decía) y aunque yo mismo le pusiera algunas, se negaba a realizarlas. La actitud de apatía fue en aumento y yo empecé a recriminarle que dejara a sus compañeros trabajar. La alumna pensaba que como yo no era el “verdadero” maestro, podía permitirse el lujo de desobedecerme; Pero no contó con la vigilancia de su tutora desde la misma biblioteca que casualmente estaba ubicada frente al aula. Ella entró, le echó una reprimenda de muy señor mío y se la llevó a la biblioteca para sentarla sola en una mesa.

El impacto en el resto de los alumnos fue tal que ninguno abrió la boca ni para pedir ir al baño. Yo debería haberme quedado más tranquilo, más satisfecho con la expulsión de un “elemento molesto” para el ritmo de la clase, pero no fue así. ¿Su actitud perjudicaba al resto? Si, pero no significaba que debiera aislarla, echarla de la ecuación. Esa chica formaba parte de la ecuación (la clase) y si la expulsaba si intentar activar en ella una actitud más positiva hacia el resto, no quedaría resuelta del todo.

Me levanté y crucé el pasillo hacia la biblioteca. Con la escusa de pedir una tiza de color, comencé una conversación con la tutora la cual miraba de reojo a la alumna. Entonces le pedí por favor, con todo el respeto hacia su autoridad, si podía llevarme de vuelta a “mi alumna” al aula dónde “seguramente si hará los ejercicios sin molestar al resto”. La profesora, con un aviso muy convincente para que no sucediera lo mismo, la liberó de su castigo.

La entrada en el aula fue de película. Los chicos se fueron a abrazarla y pedirle que se sentara a su lado. Ella volvió a su silla, sacó su libro y comenzó a llorar. Todavía son una incógnita para mí esas lágrimas. ¿La tensión?, puede ser, pero aquella tarde dejé claro que en un aula todos somos una familia, un equipo, a pesar de las tensiones. Aquella tarde, una alumna entendió que, a pesar de su actitud, seguía siendo uno de los nuestros.

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