Sobrevivir en “La isla de los esclavos” de Marivaux.

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Esta actividad está basada en la obra de Marivaux (1725) “La isla de los esclavos”, una comedio en la cual se narra el cambio de papeles entre señores y esclavos y como afecta el poder a aquellos que anteriormente lo sufrían.

  • Primero se analizará la reacción de Arlequín al conocer su cambio de rol frente a su señor. Se debatirá sobre la actitud de ambos y como pueden afrontar su nueva posición.
  • La segunda actividad consistirá en dividir el aula en dos grupos, esclavos y señores. El grupo de los señores deberán redactar un examen, conjunto de tareas-ejercicios o actividades (supervisadas por el docente) para sus compañeros “los esclavos”. Ninguno de los grupos ha de saber que rol posee, tan solo que deben redactar varias cuestiones unos y resolverlas otros. Para la siguiente sesión se intercambiarán los papeles, siendo ahora los esclavos los encargados de redactar las cuestiones y los señores los que deban resolverlos.

Podremos atender como cada grupo reacciona frente al cambio de roles, la posesión del poder y como la responsabilidad afecta frente a la toma de decisiones que puedan perjudicar o beneficiar a otros.

Fragmento de la obra:

ESCENA I
Ifícrates camina tristemente por la escena con Arlequín.
IFÍCRATES: (Tras lanzar un suspiro) ¡Arlequín!
ARLEQUÍN: (Con una botella de vino atada a su cinturón)¡Patrón!
IFÍCRATES: ¿Qué será de nosotros en esta isla?
ARLEQUÍN: Nos pondremos delgados, héticos y después moriremos de hambre: ese es mi pensamiento y nuestra historia.
IFÍCRATES: Somos los únicos que nos hemos salvado del naufragio, todos nuestros compañeros han perecido y ahora envidio su suerte.
ARLEQUÍN: ¡Ay! Se han ahogado en el mar y nosotros tenemos las mismas facilidades.
IFÍCRATES: Dime: cuando nuestro barco ha chocado contra las rocas, algunos de los nuestros han tenido tiempo de arrojarse a la chalupa; es verdad que las olas la han envuelto y no sé lo que habrá sido de ella; pero a lo mejor han tenido la suerte de abordar en algún lugar de la isla y soy del parecer de que los busquemos.
ARLEQUÍN: Busquemos: no hay nada malo en eso. Pero descansemos antes para beber un trago de aguardiente. He salvado mi pobre botella: aquí está. Me beberé dos tercios, como corresponde, y luego os daré el resto.
IFÍCRATES: ¡Eh! No perdamos tiempo, sígueme: no descuidemos nada para salir de aquí. Si no me salvo, estoy perdido. No volveré a ver nunca más Atenas, pues estamos en la isla de los Esclavos.
ARLEQUÍN: ¡Oh! ¿Qué raza es esa?
IFÍCRATES: Son esclavos de Grecia rebelados contra sus amos y que desde cien años a esta parte se establecieron en una isla, y me parece que es esta: mira, esas serán sin duda algunas de sus cabañas, y su costumbre, querido Arlequín, es matar a todos los amos que encuentran o reducirlos a la esclavitud.
ARLEQUÍN: ¡Bueno! Cada país tiene sus costumbres: si matan a los amos, ¿qué le vamos a hacer? Yo también he oído decirlo, pero se cuenta que no les hacen nada a los esclavos como yo.
IFÍCRATES: Es cierto.
ARLEQUÍN: ¡Bueno! Seguiremos viviendo.
IFÍCRATES: Pero yo corro el peligro de perder la libertad y tal vez la vida. Arlequín, ¿eso no basta para que te compadezcas de mí?
ARLEQUÍN: (Tomando la botella para beber) ¡Ay! Os compadezco de todo corazón: eso es justo.
IFÍCRATES: Entonces, sígueme.
ARLEQUÍN: (Silbando) ¡Fi, fi, fi!
IFÍCRATES: ¡Pero bueno! ¿Qué significa eso?
ARLEQUÍN: (Distraído, canta) Tralalá.
IFÍCRATES: Habla de una vez: ¿has perdido el juicio?, ¿en qué estás pensando?.
ARLEQUÍN: (Riendo) ¡Ja, ja, ja! Señor Ifícrates, ¡qué suceso tan divertido! Os compadezco, a fe mía, pero no puedo evitar el reírme.
IFÍCRATES: (Aparte las primeras palabras) El malandrín abusa de mi situación: he hecho mal en decirle dónde nos hallamos. Arlequín, tu alegría está fuera de lugar: vayamos por este lado.
ARLEQUÍN: ¡Tengo las piernas tan entumecidas!…
IFÍCRATES: Continuemos, te lo ruego.
ARLEQUÍN: Te lo ruego, te lo ruego: qué cortés y educado os habéis vuelto; será el clima de este lugar el causante.
IFÍCRATES: Vamos, démonos prisa, hagamos sólo media legua por la costa para buscar nuestra chalupa, que alo mejor nos encontramos con parte de los nuestros; y, en tal caso, nos embarcaremos con ellos.
ARLEQUÍN: (Chanceándose) ¡Qué gracioso! ¡Cómo le dais la vuelta a las cosas! (Canta): Embarcarse es cosa divina cuando se rema, rema, rema, embarcarse es cosa divina cuando se rema con Catalina.
IFÍCRATES: (Conteniendo su ira) La verdad, no te entiendo, querido Arlequín.
ARLEQUÍN: Querido patrón, vuestros cumplidos me encantan; tenéis costumbre de hacérmelos a golpe de porra, claro que no son tan buenos como esos, y la porra está en la chalupa.
IFÍCRATES: ¡Pero bueno! ¿No sabes que te aprecio?
ARLEQUÍN: Sí, pero las señales de vuestra amistad caen siempre sobre mis hombros, y eso no está bien. Sabéis lo que os digo: que en lo tocante a los nuestros, que el cielo los bendiga. Si están muertos, tienen para rato, y si están con vida, ya se les pasará. Y a mí se me da un comino.
IFÍCRATES: (Algo emocionado) Pero yo los necesito.
ARLEQUÍN: (Con indiferencia) ¡Oh! Ya puede ser: cada uno se sabe sus cosas. ¡Yo no quiero molestaros!
IFÍCRATES: ¡Esclavo insolente!
ARLEQUÍN: (Riéndose) ¡Ja! Habláis la lengua de Atenas, una endiablada jerga que no entiendo.
IFÍCRATES: ¿No reconoces a tu amo y ya no eres mi esclavo?
ARLEQUÍN: (Retrocediendo en tono serio) Lo he sido, lo confieso para vergüenza tuya. Pero bueno, te lo perdono: los hombres no valen nada. En el país de Atenas era tu esclavo: me tratabas como a un pobre animal y decías que era justo, porque eras el más fuerte. ¡Pues bien! Ifícrates, aquí vas a encontrar a otro más fuerte que tú: te harán esclavo, te dirán también que eso es justo y veremos qué piensas de esa justicia. Ya me dirás tus impresiones: te estaré esperando. Cuando hayas sufrido serás más razonable; sabrás mejor lo que está permitido hacer sufrir a los demás. Todo iría mejor en el mundo si tus semejantes recibieran la misma lección que tú. Adiós, amigo mío: voy a buscar a mis compañeros y a tus dueños. (Se aleja)
IFÍCRATES: (Desesperado, corriendo tras él con la espada en la mano) ¡Santo cielo! ¿Se puede ser más desgraciado y ultrajado que yo? ¡Miserable! No mereces seguir viviendo.
ARLEQUÍN: Despacito; tus fuerzas han disminuido mucho, pues ya no te obedezco: ve con cuidado.

 

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